Un ejercicio simple de empatía que debería practicarse en todas las empresas

En ocasiones, debido a mi trabajo, no como en casa. Y es una pena, porque somos una familia que tenemos la suerte de poder comer todos juntos todos los días en casa. Pero tal y como he comentado, a veces me es imposible. Y la mayoría de esos días, cuando llego a casa por la noche, me espera un plato lleno de aquello que mis hijas y su madre han degustado a la hora de comer. La causa de esa fría sorpresa es que mis hijas se empeñan en reservarme parte de las viandas, cuando les gustan, para que yo las cene por la noche. Y a pesar de que tenga que comerme unas sobras recalentadas, se lo agradezco a mis hijas infinitamente. No solo porque me parezca un ejemplo precioso de amor incondicional de unas niñas de 7 años hacia su padre, sino porque me parece una práctica fantástica de lógica y empatía a su nivel: mi padre llegará por la noche, vendrá con hambre, le gustará esto que estamos comiendo, vamos a guardarle un poco.

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