Trabajo con objetivos: una experiencia personal

Era tan joven cuando tuve mi primer trabajo remunerado que ya casi ni me acuerdo. El negocio era de venta por catálogo a domicilio. Yo formaba parte de un equipo de 5 personas y teníamos una jefa: la comercial. Mi trabajo consistía en repartir 40 catálogos puerta a puerta (tenías que conseguir que aceptaran quedárselo) e ir a recogerlos al día siguiente y volverlos a repartir en otras 40 casas diferentes. Al recoger cada uno de los catálogos tenías que preguntar si les había parecido interesante algo en concreto y si así era, rellenar una ficha para que después fuera a visitarles la jefa. El trabajo era sólo de mañana y nos reuníamos con la jefa en una cafetería a las 14 horas. Entonces ella recogía los catálogos que no nos había dado tiempo a entregar, nosotros le dábamos las fichas comerciales, nos invitaba a una coca cola y todos felices. Yo estaba pletórico. Pensaba que había conseguido el trabajo de mi vida: no tenía presión, tenía autonomía y además me invitaban a una coca cola todos los días. Eso de trabajar no era tan duro como algunos lo pintaban.

Pero después de una semana la jefa no estaba contenta. Así que decidió ponernos objetivos, en concreto uno.  Este objetivo consistía en que teníamos que conseguir recoger y repartir  los 40 catálogos cada día. Ella pensó que así vendería más. Yo, al igual que mis compañeros nos sentimos supermotivados para cumplir con el objetivo que nos había puesto nuestra jefa. Así que decidí esforzarme al máximo en cumplir con el objetivo: recoger y repartir los catálogos rápidamente. Ya no perdería más tiempo preguntando por las casas si les interesaba algo. No iba a malgastar un tiempo precioso en rellenar una ficha a la que nuestra jefa no le había dado ninguna importancia. Y para conseguir que se quedaran con el catálogo hasta el día siguiente, argumentaba: “Si no hace falta ni que lo miren, yo vengo mañana, lo recojo y ya está”.

Pasó una semana y nuestra jefa seguía sin estar contenta. Yo estaba estupefacto. He de confesar que estuve esforzándome la semana anterior y conseguí cumplir con el objetivo todos y cada uno de los días. Pero mi jefa no estaba satisfecha. Yo no entendía nada. Empecé a sospechar que el trabajo era mucho más duro de lo que me había imaginado ya que aún haciéndolo bien, lo haces mal. Así que la jefa decidió marcarnos un nuevo objetivo y mandar al carajo el objetivo anterior. Esa decisión la entendí como muy coherente, si las cosas no iban bien algo tenía que cambiar. El nuevo objetivo era el siguiente: conseguir la mayor cantidad de fichas comerciales. Yo pensé: “¿pero no eran esas las fichas que la semana anterior no eran importantes?”. Pero bueno, rectificar es de sabios y ella es la jefa. Así que me puse manos a la obra: cada catálogo que recogía rellenaba una ficha comercial. Tal era mi celo por cumplir con el objetivo marcado que aunque no estuvieran interesados en nada, yo rellenaba la ficha de todas maneras.

Durante la siguiente semana entregué a mi jefa decenas de fichas comerciales. Yo estaba feliz, había vuelto a encontrar sentido a mi trabajo. Me sentía útil, motivado, realizado… en una palabra: satisfecho. Pero mi jefa no lo estaba. Empecé a sospechar que hiciera lo que hiciera y aunque lograra cumplir con todos los objetivos que me pusiera, mi jefa no iba a estar satisfecha con mi trabajo jamás. Por fin decidió quitar todos los objetivos que nos había puesto. Yo respiré aliviado.

No volví a oír nada sobre objetivos en las siguientes 3 semanas que estuve en ese trabajo. El verano se acabó y yo dejé el trabajo y regresé al colegio con una extraña sensación después de mi primera experiencia laboral. Mi conclusión fue clara: “como tu jefe no tenga claro qué quiere que hagas, date por jodido”. Perdón por la expresión, pero en aquella época era un adolescente mal hablado.

Saludos,

Raúl García.

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