¡Por favor! ¡No lo digas!

Reconozco que hay una frase que me pone de los nervios. Que cuando la oigo me hierve la sangre y me entran unas ganas terribles de arrancarle la cabeza a la persona que la ha dicho (de manera figurada, se entiende). La frase que me revuelve los higadillos es la siguiente: «Me da igual». Por ejemplo, si estamos paseando por la calle una tarde de domingo primaveral y alguien propone: «¿Tomamos algo?». Puede que alguien diga «sí», puede que alguien diga «no», pero siempre hay alguien que dice: «me da igual». Y en ese momento es cuando me hierve la sangre. ¡Cómo que te da igual! Algo te puede apetecer más o te puede apetecer menos, o puedes preferir una cosa a otra aunque sea solamente por una pequeñísima diferencia, pero ¿que te dé igual? ¡Por favor! ¡Debería estar prohibido!

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