La nueva moda: el compromiso de los empleados

Hay personas que encuentran un placer extraordinario en cambiar el nombre de las cosas para relanzarlas como si fueran algo absolutamente novedoso. Cambiar el envoltorio no lo hace diferente, pero lo hace más atractivo a aquellos ojos que no saben mirar más allá de lo meramente superficial. Para los que conocemos el nombre que desde hace tiempo se le dan a ciertas cosas, ese placer es inexplicable y genera más confusión que otra cosa. Pongamos el caso de que llegase un momento en la historia de la humanidad en el que a un lenguado se le empezara a denominar calcetín. A partir de entonces se generarían situaciones absolutamente hilarantes y rocambolescas en las que, por ejemplo, una persona preguntase a otra qué le pareció el calcetín que se comió el pasado domingo y la otra persona contestara: “no me gustó mucho, estaba muy hecho y demasiado salado”. Por otra parte, existiría otro problema añadido. ¿Cómo llamaríamos a partir de entonces a esa prenda, habitualmente de punto, en la que introducimos el pie? Obviamente, no lo podríamos seguir llamando calcetín. Si lo llamáramos lenguado resolveríamos de manera inteligente el enredo (un término por el otro), pero eso no evitaría generar otro gran número de nuevas conversaciones cómicas: “Mis hijas me han regalado unos lenguados morados preciosos, son de hilo de Escocia”.

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